Cándido.
11-08-23
A mi nieto Fran Tomás Muñoz y a mi nieta Sofía por el cumple.
Santana, viernes, 10: 36 en la jaula, sin orquesta de chicharras, el calor remite. La ola de calor parece que se va; estos días pasados todo era hablar de lo mismo. En Córdoba, Sevilla, Murcia y otros puntos de la península llegaron a pasar de 44 grados. Sí, de 44 grados a la sombra.
Escribí una poesía entonces que decía que Torcuato -no estoy cierto si era Torcuato-, ante un terremoto en su pueblo, cogió la moto despavorido y se fue a otro pueblo pitando; pero allí sufrió otro seísmo doblemente fuerte. Debí de pensar algo así como ahora con el calor, y lo expresé en unos versos.
Como escribí el 25 de septiembre de 1977, lo siguiente:
Cándido fue para mí un ídolo. En mi vida he tenido varios ídolos. ¿Y quién no los ha tenido? De niños, la ilusión tan viva en nosotros nos hace soñar, nos hace ser idealistas, ver las cosas de otro modo a como son en realidad, y nacen los ídolos. Son estos las personas que quisiéramos ser. Su especialidad, como dioses. Sí, el ídolo es un dios. A nuestra vista aparece sin defecto alguno.
Cándido fue para mí el portero más portero imaginable. Mis ojos lo devoraban con entusiasmo, con devoción, cuando salía al campo botando el balón. Recuerdo sus rodilleras, sus guantes, su jersey marrón de portero, sus movimientos bajo los palos, su modo de agacharse a recoger el balón, todo.
Cuánto gozaba yo entonces viéndole indiferente al público moverse en la portería, haciendo ejercicios de calentamiento. No es posible imaginarlo. Me reía solo pensando en el contrario de turno, que se estrellaría en la barrera infranqueable de Cándido. Aquellos colores de la camiseta local azul y blanca, aquellos pantalones blancos y calcetas a listas, me llenaban de júbilo. Empezaba el partido y no parpadeaba. Monreal, Vicente, Guirao, Antoñito… y sobre todos, Cándido.
Yo aplaudía, reía y lloraba de emoción. El fútbol lo vivía plenamente. Cada domingo era una fiesta nueva, indescriptible. El campo estaba más allá de mi casa, por el barrio de san Juan, por las Tejeras. Veía la riada de gente que iba al fútbol con sus puros encendidos. Yo, solo casi siempre, adelantaba a unos y otros para llegar pronto. Me acercaba a un conocido y le decía: “¿Entro con usted?” En la puerta estaba Facundo. Luego supe que era José. José, que tan vinculado había de estar en mi vida por otras circunstancias. José, siempre sonriente, rubicundo, amable, feliz. Vaya mi recuerdo de amigo al que tantas veces me dejó pasar como si no me viera.
Yo me colocaba por el centro del campo, sentado en el suelo, delante de las sillas de pago. Vivía los partidos con intensidad. ¡Qué hermoso es ser niño y tener ideales que admirar! En otros terrenos he tenido luego otros ídolos. Pocos, lo reconozco, pero los he tenido. Han sido personas para mí insuperables, sin defectos, fuera del alcance de los demás. Personas subidas en un pedestal para ser admiradas, para ser un ejemplo vivo, real, en su decir, en su sentir, en su pensar. Yo he tenido mis ídolos. Otros habrán tenido los suyos. Pienso que de niños todos tenemos ídolos. ¿Será que somos más sugestionables? Mis hijos tal vez tienen los suyos: Ayala, Iríbar… Creo que es bueno tener ídolos, lo digo por experiencia. Es una meta a alcanzar, un sueño, un ideal. Hace superarnos para imitarlos, para ser como ellos. Sí, creo que los ídolos son buenos.
Luego estos ídolos se van con los años apagando, difuminando, borrando de nuestra alma. Son los años que nos hacen ver las cosas de otro modo a cuando éramos niños. Los ideales se desmoronan, y más si por azares de la vida damos luego - en un viaje, en una reunión o en los negocios… - con uno de ellos. El contraste es brutal. Vemos que son personas y no dioses. Con sus defectos, que no son perfectos como nos imaginábamos.
Y en ese momento, aquel ídolo que aún se mantenía en el recuerdo, se hunde estrepitosamente en el recuerdo. Es un ídolo que acaba de morir. Es triste que mueran los ídolos. Algo hermoso que ha formado parte de nuestro ser se pierde para siempre. Padres, profesores, deportistas, médicos, ídolos de mi niñez, ¿por qué no os miro como entonces? ¿Qué ha ocurrido en nosotros? Era todo tan hermoso, tan encantador.
El papá.
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