El casado casa quiere.

 02-09-2023

   Santana, sábado 10:24, en la cocina y lloviendo. No mucho, pero llueve. El tiempo se prepara para más, pero algo es algo. Mamá y Lina en el comedor, con sus faenas respectivas. Sin novedad en el alcázar.

   Sigo con mi diario que encontré del año catapún, cuando mis hijos eran pequeños.

   17 de octubre 1977: Ayer te hablaba de los Cursos Prematrimoniales que daba a los que iban a contraer matrimonio. Las relaciones con los suegros era un punto de mi charla. Estas relaciones -les decía- deben ser cordiales y poner de nuestra parte lo imposible para conseguirlo. Pensemos que para ella son sus padres como para él los suyos, y toda palabra o gesto puede repercutir en dichas relaciones.

   “El casado quiere casa propia” -les decía-. Mejor aplazar la boda hasta tener casa, por modesta que sea, que vivir en casa de los suegros. El recién casado, los recién casados, deben formar su hogar día a día, con detalles suyos, personales.

   Por la casa se puede conocer a los que viven en ella, a los que la han formado. En el caso de vivir en la casa de los suegros, todo está hecho, se vive en un hogar prestado, donde no cabe crear nada, donde se pierde toda iniciativa posible. La madre verá aún a su hija como antes de casarse y el marido se sentirá molesto, incómodo, en muchas situaciones. Si hay cuñados empeora la situación. En fin, a los que van a contraer matrimonio conviene no dejar nada a la improvisación.

   Otro punto de la charla era la relación con los amigos. Debemos visitar -les decía- al matrimonio amigo. Estas visitas nos ayudarían a provocar encuentros de los hijos de ambos. Los pequeños se enseñan sus libros, sus juegos, y posiblemente nazca entre ellos una buena amistad.

   Cuando vamos al ejército nos encontramos doscientos, trescientos o más personas por primera vez en el cuartel. A los dos o tres días se han formado grupo de tres, de cuatro personas libremente. En esos grupos nacen las amistades duraderas: ríen, comentan, lo pasan bien, sin saber por qué. Uno será albañil, otro carpintero, otro quizás estudiante. Esto es lo de menos: ni lo saben ni les importa. Son amistades naturales, espontáneas, sin presiones. Afinidad espiritual. Lo contrario a que se les imponga que se junten cada cinco de la misma fila. A los niños les ocurre igual. Ellos escogen a los amigos que les va. Se agrupan por afinidad de sentimientos, sin cálculos ni presiones. Amistades duraderas, amistades para siempre.

El papá.

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