Mi mujer.

26-julio-23

Santa Ana, en la jaula, las 11:34h., mamá con Mariví en la casa. Lina en Murcia.

Sigo con el concierto de chicharras en los pinos. Y sigo con el 7 de septiembre de 1977: “Esta mañana, como todas las mañanas, he ido a “la casa”. “La casa” será siempre la casa de los padres, la casa común, donde nacimos y crecimos, la casa de todos, padres y hermanos. “Vengo de la casa”, “He estado en la casa” y todos nos entendemos”.

“La casa” tiene la virtud, para mí, de hacer un descanso, como ningún otro lugar. No sé si me explico. Yo voy a “mi casa”, y allí encuentro paz, alegría, bienestar. Un sedante para mis nervios. Un descanso para el cuerpo y para el espíritu. El tiempo se detuvo allí hace años, muchos años.

Siguen los padres, el corral, el tinajero, todo como en nuestra juventud. Y es, quizás, por eso, que no hay otro lugar ni puede haberlo, que proporcione esa sensación de alivio, de tiempo joven, de hace años, de nuestra infancia tal vez.

La voz de la madre, como siempre, nos llena de una alegría que no podemos describir. La voz del padre, lo mismo. El olor de la bodega, las macetas, los sillones del porche. Ir a “la casa” es siempre motivo de placeres inefables. Quiera Dios que ese lugar, oasis de paz, no se rompa nunca. Que “la casa”, como es, con todo lo que encierra, con los padres sobre todo, recibiéndonos, dure más que nosotros, creo que de lo contrario, el día que “la casa” no sea lo que es hoy, seremos otros. No podría ser el mismo sin tener ese lugar tan encantador como es “la casa”.

   27 julio 2023

   Santana, jueves creo, las 10:37, en la jaula con el chicharreo por los pinos. Ayer vino mi nieto Jaime con nosotros; subió a la fiesta que le hicieron por el santo, con Lina y la mamá. Se volvió a Murcia con su coche. Pero antes se bañó con el abuelo en la piscina. Le dije que era un buen recuerdo para la posteridad: “En esta foto me bañaba con el abuelo cuando tenía 90 años”.

Sigo con mi diario de hace casi 50 años: 8-septiembre -77. Hoy en casa lo hemos hecho fiesta. Ha sido una fiesta sólo para nosotros. Hemos subido a Santa Ana, al chalet, y luego a coger manzanas.

En el chalet están colocando la escalera que sube al estudio. Los tabiques de habitaciones están puestos. De puertas, sólo los huecos. Aún queda obra por delante. De Santa Ana fuimos a los manzanos. Cogimos la cosecha de manzanas rojas: unos 200 kilos; la blanca se cogería más tarde, dentro de veinte días.

Fuimos toda la familia; el abuelo Amós, con su pañuelo a la cabeza para librarse del sol, que caía a plomo como en los días más fuertes de julio.

Cogiendo manzanas, dijo mi mujer: “¡Qué hermoso es coger manzanas! Si te fijas, todo es hermoso en la vida”. Creo que mis hijos que la oyen, vayan sintiendo, como ella, vayan impregnando su alma de estos sentimientos de bondad. Hace unos días me decía Pascuala: “Tenemos que aprovechar todo lo bueno que tenemos; en todo hay cosas buenas que aprovechar; no pensar tanto en lo que no tenemos o anhelamos, sino en lo que tenemos, en todo, hasta en lo más pequeño”. Luego, anoche, leía yo en un artículo de Selecciones -Enero, 1965- “La conquista de la felicidad”, creo que se titulaba, donde recordé sus palabras, porque venía a decir lo mismo: “Cuántas veces la felicidad se encuentra en lo más insignificante, en lo más pequeño, en lo más próximo, en lo que tenemos, y no en los grandes sueños de riqueza, de gloria o de fama”.

Creo que es verdad, una verdad incuestionable. El hombre que se siente satisfecho es feliz, la salud, la satisfacción de uno mismo, la plenitud de vida, como los árboles cargados de fruto, dan la paz y la felicidad.

Es absurdo buscar uno mismo el desequilibrio vital, con aspiraciones absurdas, con deseos insanos que sólo producen tensiones nerviosas y, por tanto, desorden interior e infelicidad.

MI MUJER

En mi casa somos felices. No porque hayamos buscado la felicidad con estudio y programas previos de actuación, sino porque vivimos en paz, una paz tranquila, dulce, plena. Es la paz del que lo tiene todo y no quiere más que ver felices a los demás. Es la paz que deja dormir porque no hay preocupaciones que te alteran.

Sinceramente, pienso que mi mujer ha sido y es el motor o el artificio que ha logrado esta armonía perfecta en la familia.

Tanto es así que si ella faltara todo se iría al traste. Sí, es ella, con su gusto, su tacto, su inteligencia, la que ha obrado el milagro.

Si alguna vez mis hijos, ya mayores, leen esto que estoy escribiendo ahora, que lo interpreten en el mejor sentido: su madre, doña Pascuala Pastor Martínez, por obra y gracia de Dios y de la Virgen María, a quien tanta devoción profesa, fue una mujer admirable, trabajadora, incansable, madre por encima de todo. Todo esto que ella no dice, ni a lo mejor lo sabe, lo digo yo que estoy muy cerca a todas horas y la observo sin que ella se dé cuenta. El papá.

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