Rillo.
30 julio 2023
Santana, domingo, 10:20, sol a raudales, con chicharreo en los pinos. Hemos desayunado los tres: madre, hija y el que lo cuenta. Mas los gatos, con una bolsa nueva de triskis que trajo Lina.
Hay bolsas para gatos junior, senior, adultos… Esta bolsa que compró Lina era para gatitos de unos meses: bolitas blandas de hígado y otros componentes blandos alimenticios. Los mayores comen de otra bolsa que trajo Lina más propias de gatos adultos.
Ayer, sobre las cinco, tuvimos la visita de mi sobrino Paco con Antonia, su mujer, que viven en Yecla. Me vieron en la piscina solo. No se lo esperaban ni se lo creían. Pasamos dos horas en la terraza con sendas tónicas, porque son de comida única diaria y ya habían cumplido con el deber alimentario del día. Modas que no me explico: si en la comida incluyen el desayuno y la cena ¿qué más da? Bueno, hay gustos para todo: también mi endocrino me mandó poner insulina en dos sesiones diarias y luego otra los juntó ambos en una.
Sigo con mis recuerdos de un diario: Don José. De don José tengo un concepto extraordinario. Es admirable lo que este hombre ha trabajado en Jumilla; extraordinario lo que ha tenido que luchar por sus ideas políticas. Si hoy, en la cúspide de su carrera -directos de un colegio de más de 20 unidades – mira hacia atrás, seguro que sentirá escalofríos por cuanto ha tenido que pasar; pero seguro que también sentirá el orgullo y la alegría del triunfo difícil pero completo que ha conseguido gracias a su tesón e inteligencia.
Yo espero que algún día, en un resquicio de la apatía de nuestro pueblo, tan dado a despreciar lo propio, a don José se le haga el homenaje de la historia. Será bien merecido y multitudinario. Será tal vez el broche de oro en su carrera. Quizás el homenaje que todos deseamos y que vive agazapado en nuestro corazón. Ese día, que llegará sin duda, será un día memorable para la historia de Jumilla, y para don José Yagüe el premio que merece a su labor de maestro en nuestro pueblo.
De 20 a 30 años estuve fuera de casa, fuera del pueblo, lejos de la familia. No fue mala escuela. Creo que todos debíamos estar fuera de los nuestros a esa edad. Es como la escuela del hombre maduro que se prepara para la vida. Dura escuela, pero provechosa: se aprende a decidir por uno mismo, a resolver por uno, a enfrentarse a la vida como hombre, a ser hombre.
Yo fui destinado a un pueblecito de Teruel como maestro. Cuántos recuerdos de este lugar minúsculo de la provincia turolense: mosén Federico, el cura del pueblo, Aurora Maicas, la maestra del pueblo; Carmen Beltrán y tantas otras buenas amigas. Y, sobre todo, el tío Adolfo, la tía Emilia y sus cinco hijos con los que viví en su propia casa como uno más de la familia, durante dos años que viví en este pueblo. ¿Qué será de sus vidas? Ya no he vuelto por allí, pero conservo una carta de ellos donde me decían que escribían llorando al saber que no volvía. Siempre es motivo de alegría saber que, después de dos años, le muestran a uno este afecto y cariño. Ellos fueron estupendos conmigo dos años, los primeros fuera de casa, que estarán siempre en mi vida vinculados al recuerdo de esta familia de Rillo. Que Dios los bendiga. El papá.
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