Ser contranatura.

25 agosto 2023

   ¡Simon!, ¿dormis? Santana,  viernes, 11:57 en mi reloj cuentapasos, enjaulado, sin músicas chicharreras, sin viento y sin nubes pero con mucho sol.

Ahora sigo con lo que dije el 8 de octubre de 1977. No sé por qué lo pienso ni si es nueva la idea. Pero considero al hombre como “un invitado molesto de la madre terrenal, como un ente peligroso”. “Huéspedes vengan, que de casa nos echen” dirían airados los elementos viendo actitudes destructoras de este ser extraño que era el hombre.

Sin el hombre, la naturaleza dormía pacífica en un mar de silencio; con el hombre todo se conmovió. La agricultura misma fue una provocación al orden natural. Las guerras, todo un escándalo insufrible. La construcción, el ruido, los motores, la aviación, la radio… La ruptura del orden secular del cosmos.

El hombre vino al mundo para destruir. Seguro que la Naturaleza vio desde su nacimiento, desde su aparición, desde su entrada a la vida, como algo raro. Seguro que pronto lo despreció como ser poco grato, como invitado destructor del orden, de la paz y de la vida.

Hace sólo unos días que el hombre vive, que el hombre se vio en la Tierra. Y desde entonces el planeta Tierra no está tranquilo, no duerme. La preocupación por lo que haga le quita la tranquilidad. Ha visto que este ser no puede estarse quieto. Y lo que es peor, todo lo quiere cambiar o destruir. Es un ser contranatura, en suma, un ser indeseable. Por de pronto, los dos se miran cautelosos, los dos se miden las fuerzas por si tuvieran que emplearlas. Antes o después tendrán que hacerlo.

La naturaleza. Antes tranquila y confiada, no duerme desde que apareció el hombre sobre su faz. Sus movimientos no se lo permiten. ¿Será que Dios ha puesto la inteligencia para destruir? Antes, durante miles de millones de años, la Tierra vivió tranquila en una serenidad cósmica total. Un mal día apareció la vida. Y con la vida los problemas. La reproducción siguió su curso y se adaptó dócilmente a la naturaleza. Fue un pequeño sobresalto de los mundos sin vida que existían. Fue un fruncir el entrecejo para mirar algo desacostumbrado que duró poco. Pronto la vida vegetal se acopló perfectamente a su ritmo, a su silencio, a su vivir. Formó parte de su nuevo mundo como invitado agradecido. Todo siguió igual. Hasta diría que el mundo se alegró. Fue el adorno que faltaba de unas flores a la casa. Mundo vestido de colores para asombro de los otros mundos grises y pardos de color de tierra.

Tras siglos y milenios de vida, tuvo un desliz, un descuido. ¿Cómo fue? Nadie lo sabe, pero el animal se vio en la Tierra. La aparición de esta otra clase de vida en la Tierra fue sin duda el hecho más trascendental de millones de años. La Tierra sintió algo nuevo en ella. Se sobresaltó por lo novedoso del hecho. Cuando vio que se movía libremente por sí, lo miró con curiosidad.

Y el mundo siguió su curso sin complicaciones de ningún tipo. No esperaba que el peligro, el enemigo, estaba a punto de nacer. No sabía que la inteligencia iba a hacer su aparición y con ella el peor animal que podría destruirla: El hombre.

El Papá.

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