Silverio.

9 agosto 2023

Santana, miércoles, 11:10, en la jaula, con sol, sin viento y sin chicharras, enfrente la piscina con agua hasta arriba y las hamacas durmiendo. Silencio absoluto; de vez en cuando se oye el graznido de unas tórtolas, ¿graznan las tórtolas?

Lina va a Murcia por la maleta, para el lunes que viene hacer su viaje de todos los años por estas fechas. Esta vez a Viena, la capital de Austria. ¿Qué le queda por ver? Ya ha estado en Cuba, Reino Unido, Francia, Alemania, Letonia… lo que te dije: el hombre viajaba en carro en el siglo XIX, en coche en el XX, en avión en el XXI; ¿qué será en el XXII? ¿viajes a Marte o a Saturno?

Escribí en mi diario el 22 – septiembre – 1977:

El hábito de escribir algo cada día proporciona descanso. Es el descanso del jugador entre juego y juego; es el descanso del boxeador entre dos asaltos. Para mí un relax, un sedante entre las múltiples obligaciones que la profesión depara: el oficio que hay que contestar, la carta que hay que escribir, la visita que hay que hacer… en fin, nadas que hay que atender. Por eso, escapar de esa tela de araña que nos acorrala y nos distrae y venir a este rincón de paz solo para escribir, es un descanso, un sosiego que no puedo explicar. Lo que luego se escribe es lo de menos: contar lo que se ha hecho, lo que se ha visto, o se ha pensado. Todo sirve para el mismo fin: librarnos de la tensión a la que estamos sometidos, saborear el placer de estar solo con uno mismo.

23 – septiembre – 1977

Anoche vino a verme Silverio, joven estudioso. Quiere ser ingeniero. Sus padres son agricultores.

Silverio me recuerda a Salvador García. Hace unos años, cuando fui destinado a Cehegín como director del Colegio ”Pérez Villanueva”, desplacé en el cargo a don Juan. Me hablaba mucho de su hijo: “mi Salvador no estudia como yo quisiera; le ha dado por escribir y solo está con poesías, novelas y cuentos”. Recuerdo que Salvador, entonces un joven de 17 años, como hoy Silverio, iba a mi despacho y, tímidamente, me leía la última poesía que había compuesto, o su novela embastada. Yo lo escuchaba atento y lo animaba a proseguir. Sus escritos me hacían reír porque utilizaba palabras impropias de un joven que empezaba, con tacos como Cela, por no ser menos. Pues bien, aquel jovenzuelo que jugaba a preocupar a su padre con novelas y cuentos y que a mí me divertía leyéndolos es hoy “Premio Ciudad de Murcia”, “Premio Ciudad de Palma”, “Premio de Teatro en Valladolid”, “Flor Natural” por aquí y por allá, Maestro, Licenciado, Catedrático de Lengua, y no sé cuántas cosas más.

La vida premia sin duda el trabajo, la ilusión. Y Salvador ha conseguido el triunfo que soñara en Cehegín a los 17 años, como Silverio.

Anoche vino a verme Silverio. Yo lo animaba, lo escuchaba como un ingeniero en ciernes. Lo alentaba. Sé lo que esto significaba para él. ¿Quién sabe si dentro de unos años, aunque él ya no se acuerde, vea su nombre en los periódicos como persona destacada en su carrera, como Salvador García, figura importante en el mundo de la literatura?

El papá.

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