El yo.
25 septiembre 2023
Murcia, lunes, las once, en el rincón de la casa, ventanas abiertas; mamá en su Misa de la Trece, descansando de la paliza o “Bodas de Plata” de Ángel - Ana, en la Casa Vieja, con su marido, su hija, sus hijos, nietas, nietos y nueras.
DEl DIARIO DE LA INFANCIA DE MI HIJOS:
11 de noviembre 1977: Hay personas agradables y personas que desagradan. Yo quisiera que vosotros fuerais de los primeros.
Cada persona es como nace y como se hace. Sí, podemos cambiar maneras en nosotros; debemos corregir lo que nos hace ser desagradables. Podemos variar nuestra conducta.
Son pocos los que nos advierten de estos defectos o formas que desagradan, los más se callan, y seguimos cargando a la gente con nuestra forma de hablar, de decir o de hacer.
Alguna vez, quizás, un hermano, un padre, o un amigo, nos avisa. Debemos aprovechar su consejo para pensar; y si nadie nos lo dice, observar que algo ocurre para que nos den de lado los demás. algo que molesta, que no cae bien.
Debemos estudiarnos con frecuencia, y enmendar lo que podamos corregir para agradar a los demás. ¿No has reparado que hay personas que molestan siempre en las reuniones? ¿Que aburren? ¿Que no caen bien? ¿No has observado que otras siempre alegran con su presencia las tertulias?
¿Por qué?, nos preguntamos. Y caemos en la cuenta de que los primeros suelen ser chismosos o calumniadores por sistema: “¿Sabes que fulano…?”. “Quién lo iba a decir…” Y nos previene, nos hace pensar que cuando no estemos delante hablará también de nosotros y no bien precisamente.
Los segundos solo hablan cosas agradables, no hablan mal de nadie, solo dicen lo bueno que saben de los demás, y no sin venir a cuento, sino como la cosa más natural del mundo. En ello estriba la diferencia de unos y de otros.
Pues, si es así, procuremos reformar en nosotros esas formas de ser, de decir, de hacer o de sentir, que nos hacen poco gratos a los otros. Puede ser como un termómetro, como un espejo, el recibimiento que los demás nos dispensan. Si no nos reciben con alegría, con entusiasmo, ya es motivo de que nos vayamos preocupando. Algo no va bien.
El yo, yo, yo, de los vanidosos y egoístas, puede ser la causa para reformarnos; pues a pensar más en los demás, a ser más generosos, a practicar la caridad, a corregirnos toca. “No diré nada que moleste”, puede ser la norma a seguir.
No daré jamás una mala noticia, y así, con un pequeño esfuerzo, nos iremos cambiando, nos iremos corrigiendo, y veremos con asombro, con alegría, que los otros nos reciben de otro modo.
Los motivos de no agradar, creo que es fácil dar con ellos. Y una vez descubiertos, su lucha es fácil. Hemos hablado del defecto de muchos egoístas de utilizar siempre el “yo” en sus conversaciones aburriendo o molestando a los demás.
Hemos dicho que hay personas que desagradan porque hablan mal de otras o dicen cosas poco simpáticas, poco gratas; y no queremos olvidar otro defecto muy frecuente. Me refiero al pesimismo. Todo lo ven feo, mal, no hablan de nada que esté bien, que sea bueno. Estas personas, por su pesimismo, no son agradables; las reuniones se enfrían con ellos, se entenebrecen, y, claro es, los demás las rechaza, no las admite.
Podemos cambiar mucho nuestra manera de ser. Yo os pediría a vosotros, Lina, Miguel, Ángel Inocencio, Pascual Jesús, Francisco Amós, que os observéis luego, que veáis si os reciben con agrado los demás.
Si uno solo no os recibe con alegría, poneos en guardia: estudiad vuestro carácter, algo falla en vosotros. No habléis de vosotros, dejad que los demás lo hagan; no habléis mal de nadie; si habláis de otro, que sea algo bueno, todos tenemos alguna virtud para alabar; no seáis pesimistas, ved la vida con optimismo.
Seguid estas reglas en vuestra vida y obtendréis el fruto que yo os deseo, que todos os quieran de corazón. El papá.
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