La hermana Lucía.
15 de septiembre 2023
Murcia, viernes, las 9:30 h en el reloj de la galería, donde me encuentro. Mamá en el comedor, a dos metros de mí. Lina se fue. Mariví no llegó. Sin novedad en el Alcázar.
El siglo pasado escribí un 31 de octubre de 1977
Lunes, víspera de fiesta, 16:30 h de la tarde. Venimos del cementerio Pascuala y yo; una visita de paseo o un paseo de visita. Gente que sube y baja a poner flores a sus muertos. Nosotros no hemos llevado flores. Pascuala prefiere oraciones.
PANTEONES
Hay panteones nuevos. No me desagrada el panteón. Terminar en uno de ellos es menos terrible la idea de acabar. Saber que hemos de juntarnos de nuevo en una casa, preparada de antemano, hace menos fuerte el trance de morir.
Creo que pensaremos luego seriamente en un panteón familiar, y no será orgullo o vanidad, no será por presumir ante los amigos, ni mucho menos; será solo por esa idea que he dicho arriba: pensar que vamos a vivir de nuevo juntos los que ahora estamos viviendo aquí.
Es consolador también porque esas casas con luces y ventanas son más acogedoras que esos agujeros que estremece pensar que tengamos que vivir allí.
JOSÉ MARÍA
A José María, por fin, lo han operado esta mañana. Es la noticia escueta, lacónica, que nos ha llegado por teléfono: “Siete piedras menos en su cuerpo”. Luego sabremos más de su estado posoperatorio.
LA TÍA AMPARO
La tía de Valencia, salió esta mañana hacia su casa. Dos semanas ha estado aquí. Quizás no vuelva más. Tiene muchos años para pensar en más viajes. ¿Habrá venido a despedirse de la familia y de las cosas de juventud?
Ella sabrá lo que lleva en la maleta de sus recuerdos. Parece que se va contenta. Se la ha atendido muy bien. Todo han sido muestras de cariño. En sus recuerdos, luego, en su soledad valenciana, Jumilla quedará siempre como un beso de despedida.
Amparo está vieja, y el viejo no puede vivir. Un día, cualquier día, llegará la noticia de que Amparo ha muerto. Sus ojos, su cuerpo, su pulso, lo están anunciando a voces, aunque ella no lo advierta.
Pascuala está a mi lado pintando. Estamos solos en la casa. Lina está con su yaya Isabel, ha comido con ella. Los nenes en el colegio. Enseguida llamarán a la puerta.
LA HERMANA LUCÍA
Miguel celebra que mañana no haya “Cole”. ¿Será por la hermana Lucía? La hermana Lucía, su hermana, es severa; creo que llega a pegar a los niños. Su gesto es seco, autoritario, agrio. Los niños la temen. ¿Será por ella que Miguel celebre tanto las vísperas de fiesta?
“Mañana no hay Cole, y pasado tampoco”, le digo los viernes, y me mira contento, con ojos de pillo redomado, con una alegría que no puede disimular. Estalla en gritos de júbilo. Los niños son así de sinceros.
La hermana Lucía empieza a preocuparme. Cuando no ha hecho los deberes, Miguel llora. Creo que tiene miedo. O pánico. Y lo peor es que los niños tengan miedo a la escuela. La escuela debe ser una fiesta para los niños. Cuando no es así, hemos cambiado los papeles.
¡Ay, qué importante es el maestro! Importante es el niño, con su inteligencia natural, pero el maestro sabe hacer que el niño se desarrolle debidamente. Para mal maestro, mejor ninguno. El mal maestro aborta voluntades, anula inteligencias.
El buen maestro pone alas a los pequeños y les hace soñar con la escuela. El buen maestro es el artista que, como si no hiciera nada, lleva de la mano a cada niño, según naturaleza, por los caminos de la ciencia y la virtud.
Esto no lo comprenden los maestros que gritan o pegan; esto no lo entienden los maestros que hacen desear a los niños que no haya Cole mañana. El papá.
Comentarios
Publicar un comentario