La tía Amparo.
7 septiembre 2023
Murcia, en la galería, 9:35, a mi izquierda, la calle; a mi derecha, el comedor, jueves, día espléndido para los feriantes, sin asomo de danas ni dunas. Nihil novum sub sole.
Te cuento de mi diario:
22 octubre 1977: sábado, venimos de Santana. Nuestro chalet se ha convertido en parte importantísima de la familia. Pensamos en el chalé, hablamos del chalé, soñamos con el chalé; y, por si fuera poco, ahora nos preocupamos con el chalet.
Ayer nos dijo el constructor que va a detener la obra, y es, a mi juicio, el peor momento para hacerlo: ventanas con bastidores, material dentro, paredes a medio levantar… Sería el nido propicio a los que quisieran destrozar lo hecho, apropiarse de lo ajeno, dormir a cubierto sin escrúpulos, o encender fuegos. Un casón abandonado es un imán para las ratas. El chalet puede convertirse así en un vertedero.
Venimos del chalet María Dolores, Pascuala y yo. Estamos preocupados con lo que nos dijo ayer Manuel. Es un problema suyo que nos afecta directamente. Nos promete terminarlo, pero dejar las obras por un mes es peligroso; nos asusta pensar que no pueda seguir.
Llevamos entregados dos millones de pesetas, y otro no lo terminaba por lo que resta percibir a Manuel, según contrato. El chalet nos tiene ilusionados y ahora preocupados. Deseamos más que nunca verlo terminado. Nos agrada mirar con los prismáticos desde la ventana y comprobar que los albañiles siguen trabajando.
Con tres meses -dice el maestro- terminan. Van a ser tres meses de mirar con los prismáticos; tres meses interminables. Parar las obras, como dice Manuel, es motivo de que estemos preocupados. Veremos en qué termina el susto.
Amparo.
La tía de Pascuala ha ido a Albatana con unos familiares. Pasará la tarde con ellos. Recordará otros tiempos de su juventud. ¿Cómo serán esos recuerdos después de tantos años sin volver a donde fuimos niños?
¿Despertará recuerdos y emociones singulares? Cada esquina, plaza o calle, mostrará recuerdos para llorar. Creo que es demasiado fuerte volver a visitar a los ochenta años el lugar donde vivimos a los veinte: tremendo choque emocional. Creo que sería mejor dejar olvidados estos lugares que han de agitar violentamente nuestro mundo interior.
Dentro de unas horas volverá de nuevo la tía Amparo. Escrutaré en su rostro cómo ha encajado el viaje a Albatana después de sesenta años. Son muchos años. ¿Habrá perdido a los ochenta años la sensibilidad para estos recuerdos, para estas emociones? ¿Cómo se pensará a los ochenta años? ¿Se habrá endurecido su alma?
¿Se derrumbará el edificio como las casas viejas?: la vista falla, el oído es torpe, las piernas se debilitan, el corazón se cansa, los pulmones se fatigan, una casa con goteras. ¿Pero el espíritu va con el cuerpo? Oh, tremenda duda, problema sin resolver a mis cuarenta y cuatro años.
Si el espíritu sigue joven a los ochenta, ¿que sentirá al ver el estado deplorable de su cuerpo? ¿Será alegría por no sentir las tentaciones de los veinte, o será tristeza de no poder sentirlas ya? ¿Será felicidad de verse libre o pena de no tenerlas?
No sé cómo se siente a los ochenta años, pero algo me dice que todo se apaga al mismo tiempo: cuerpo y espíritu. Y que, por esa razón, a los ochenta, falto de fuerzas el cuerpo, el espíritu percibe con lucidez la tragedia de su desmoronamiento.
Dentro de unas horas, miraré con atención a la tía Amparo, a ver si en su rostro leo sus sentimientos de hace sesenta años que dejó los lugares de su infancia.
El papá.
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