Memoria del oído.

9 septiembre 2023

   Murcia, sábado, las 10, en la galería. Lina se fue al mercado de Verónicas, y mamá sigue acostada. Ha pasado mala noche, con el café granizado que se tomó ayer con Pascual y conmigo a media tarde. Y es que, como dice el refrán, con las glorias se olvidan las memorias.

   DE MI DIARIO

   23 octubre 1977: Las campanas de la Iglesia del Salvador llaman a Misa. Son las seis de la tarde. Son las mismas campanas que oyera de niño, hace ya muchos años. Y, con las campanas, recuerdo ratos de mi niñez que me llenan de alegría.

   Con sus tañidos, siento en mi sangre y en mi espíritu, las mismas sensaciones de entonces. El tiempo vuelve atrás. Yo mismo vuelvo a ser el niño de entonces. Aquel tañido quedó grabado en mi para siempre. Las campanas me traen recuerdos de aquellos momentos de mi vida.

   ¿Memoria del oído? ¿Qué duda cabe? Con el oído recordamos, como con la vista. Estos recuerdos nos  transportan a otros momentos vividos antes: lo que escuchamos entonces, la campana por ejemplo, se amalgamó, se mezcló, con mi espíritu en ese momento, con todo su mundo de emociones, de temores y de alegrías existentes.

   Y ahora, al escuchar de nuevo las campanas, las mismas campanas, los mismos sonidos, me  transportan justo a aquel instante, con toda su carga de emociones, con toda su carga de sentimientos de aquel preciso instante.

   Oyendo las campanas, se vuelve a la niñez, y la niñez es hermosa. Por eso quiero a las campanas de mi  iglesia, porque me hacen niño de nuevo, porque siento como entonces y vivo momentos de incomparable alegría.

   Me ocurre otro tanto con los olores. En la escuela, de niño, me llevaba a la nariz el lapicero blando, cilíndrico, sin pintura, de Johan Sindel. El olor penetrante de aquellos lapiceros me agradaban en extremo.

   Lo mismo las gomas de borrar, verdes o rosas, cuadradas o rectangulares. Era un olor característico. Me agradaba profundamente. Ahora, cuando llega a mis manos uno de estos objetos, cierro los ojos y huelo como entonces. Todo aquel mundo de emociones infantiles, de temores y alegrías,  me vuelve oliendo la goma de borrar o el lapicero Johan Sindel.

   Y es que, como digo antes, no es solo el olor lo que recuerdo, es todo lo que entonces era: olor y cuanto había mezclado junto.

   Es difícil saber dónde esté encerrado ese misterioso recuerdo petrificado, pero quiero pensar que todos los instantes de nuestra vida quedan grabados en el cerebro y al evocarlos vuelven mezclados con todo lo que entonces ocurriera a nuestro alrededor.

   No hay recuerdos puros, no hay recuerdos solos y aislados. Son momentos que se recuerdan, donde van juntos sentimientos, olores, sabores, etcétera. Por eso, con algunos recuerdos nos sentimos tristes y con otros alegres; porque corresponden a momentos felices o menos de nuestra vida pasada.

   El mundo del espíritu tiene mucho que revelar; creo que el cerebro del hombre es el mayor misterio hoy para el hombre. Con llevarlo encima, con vivir con él, es el gran desconocido para el hombre. ¿Cómo será que todo lo que hacemos y vivimos queda archivado en el cerebro? Gran misterio para el hombre, enorme reto para la ciencia.

El papá.

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