Mi amigo Santos.
17 SEPTBRE 2023
Murcia, domingo, las 10:41, en el rincón, con la cama llena de libros. Quiero sacar una colección completa de mis libros. ¿Podré? Estoy en ello.
Anoche cenamos en Mesón Guinea cuando salimos de San Antolín, sobre las nueve de la noche. Se nos acercaron Alba y Sofía, pero no quisieron acompañarnos a cenar.
2 noviembre 1977 -de mi Diario-
Me duele la cabeza. Me arranca el dolor de la nuca. Es un dolor fijo, penetrante. Creo que los conejos cuando le golpean la nuca para matarlos, deben sentir algo parecido. Este dolor no es de ahora; otras veces lo he sentido. Cosa de los nervios. Luego, pronto, se pasa y no me acuerdo del incidente. Sobre todo se pasa durmiendo. La cama se lleva el dolor de mi cabeza.
MI AMIGO SANTOS
En Cehegín estuve dos años con mi amigo Santos. Mi amigo Santos Guillamón entonces era soltero. Hombre formal, serio, cumplidor, profesor de EGB, entonces maestro nacional.
Santos, de Ricote, fumaba tabaco Rubio; su marca preferida era Bisonte. Una de las cosas que recuerdo de mi amigo Santos es que jugaba a las cartas. De vez en cuando, yo jugaba en la misma mesa. No hablaba apenas, se concentraba en el juegos y solo pensaba en las cartas en ese momento. Su pelo Rubio se quedaba muy claro encima de su cabeza.
Algunas tardes íbamos los amigos a tomar unos chatos de vino con patatas asadas a una taberna. Creo que es la única época de mi vida que he jugado a las cartas y que he pisado las tabernas con los amigos. Fueron dos años que pasé en Cehegín de director del colegio Pérez Villanueva. Yo estaba también soltero, claro. Eran tardes de llenar de esa u otra forma fuera de casa. Con Matilde, con Piripí, con otras amigas. Santos fumaba un día sí y un día no. Esto me hacía gracia. Es una de las cosas que más recuerdo de mi amigo Santo Guillamón. Esto para un fumador es incomprensible, pero Santos lo hacía.
“Hoy no me toca fumar”, decía con una ligera sonrisa cuando íbamos a chatear en estos dias de abstinencia. Lo pasaba mal. El ambiente requería un cigarro, pedía un cigarro, lo exigía. Y Santos no fumaba. ¡Fúmate un cigarro!”. “Hoy no me toca”. Y no fumaba.
Así era Santos. Yo lo recuerdo con agrado, con simpatía, con cariño. Fui con él a Ricote. Conocí a sus padres y a su hermana. Conocí las fiestas de Ricote: unas fiestas de pueblo, con puestos y mucho ruido, con gente en la plaza, bailes a gogó y misa solemne por la mañana.
Y de paso conocí a Fina, de Archena, que había de ser desde entonces mi novia, mi novia formal, y pedida incluso a sus padres para casarme con ella.
Con el tiempo, recuerdo aquel suceso de Cehegín con cierta curiosidad. “¿Por qué fumas un día sí y otro no, Santos?, le decía. Y la respuesta, aparentemente trivial, resultaba con el tiempo seria y trascendente: porque así me sabe mejor el día que fumo, porque así paso un día esperando con ansiedad.
Lo de esperar con ansiedad una cosa es de tal importancia que encuentro interesante el hecho de que no fumara un día deseándolo por esperar. Cuántas veces podemos hacer lo mismo que mi amigo Santos en la vida: prescindir de algo que queremos por alargar su posesión, por alargar la espera tiene su filosofía.
Tal vez mi amigo Santos no se diera cuenta de ello. pero cuando practicaba esta filosofía es sin duda porque en el fondo sentía sus efectos.
El papá.
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