Niños.
23 septiembre 2023 : Santa Lina: Felicidades, madre, donde te encuentres; y a tu nieta, que la tengo aquí; y a las que nacieron de tus hijos Amós, Josemaría y Santiago; y a tu biznieta Lina Tomás Mochón, que mañana celebran sus padres sus Bodas de Plata. Como a las que pudieron ser y no fueron.
De mi DIARIO de los setenta del siglo pasado:
9 noviembre 77
El Mundo de los niños es singular, es otro distinto del nuestro; y no me refiero a la casa, al lugar donde vive. Ese es el mismo. Me refiero al mundo de su espíritu, de sus sueños, de sus vivencias.
El niño es niño por encima de todo, y no tratarlo como tal es forzar su naturaleza, obligarle, romperla. Yo tengo varios hijos. Verlos día a día, estar con ellos cuando juegan, cuando comen, cuando riñen, es la mejor escuela para conocer su mundo.
Con esa autoridad de padre, quiero hablar hoy de los niños. Con la experiencia de años observando sus movimientos, sus reacciones. En la escuela hay niños también. Son niños como los míos. Niños.
Por eso, cuando veo silencio absoluto, inmovilidad impuesta por el maestro, pienso que los muelles están tensos, que pueden saltar al menor descuido, que están forzados.
El silencio impuesto con el ¡chist! a cada instante y la amenaza del castigo, dicen bien claro que la disciplina obtenida es dictatorial, artificial, del miedo.
Comparo estos silencios con mis hijos cuando juegan a sus anchas. El silencio es el mismo, pero de otro signo. El de mis hijos es natural, libre, es un silencio espontáneo, escogido, fruto de un trabajo. El trabajo de sus juegos, o de su misma quietud creadora. Porque el niño tiene ratos de quietud creadora, que hemos de respetar, de importancia capital en su desarrollo.
Si les mandas que estén quietos, ya se obtiene un silencio artificial, obligado, tenso, cargado. Si le mandas que estén aquí, sentados, leyendo o mirando un libro, ya se consigue otro silencio artificial.
El niño tiene que moverse, no puede estar como digamos los mayores. La naturaleza se rebela. Si lo dejamos tras la orden, veremos que así no dura ni un minuto.
Si por miedo al castigo no se mueve, es antinatural, deformante. Ahora dejemos libre al niño, que esté sentado, de pie, que juegue o que lea, que esté solo o acompañado. Nosotros mayores hagamos como que leemos, que no estamos allí con ellos, que se sientan libres de nosotros, y veremos que muy pronto se ocupan ellos solos en algo, pero en algo escogido por ellos mismos, libremente.
Entonces se produce un silencio de taller, un silencio de trabajo, un silencio natural. Esta es la disciplina que se obtiene del trabajo, de la libertad: es un orden creador. El niño en ese momento se desarrolla libre de miedos, sin tensiones, sin coacciones.
El niño entonces goza. El niño goza cuando no sufre. Y no sufre cuando si le dejamos crecer sin miedos, contra Natura. Otra vez la naturaleza manda. Respetemos la naturaleza del niño.
Veamos en ellos niños que viven en niño, no como mayores. Sigamos su natural impulso vital, sus gustos, sus sueños, si queremos educar bien. No forcemos con órdenes y amenazas el mundo de su niñez.
El papá.
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