Gironella.

  6 octubre 2023  

   Murcia, viernes, las ocho, calor de agosto. Salvo la coral que ha montado Lina en el Bajo con sus amigas, sin novedad en el Alcázar.

   -¿No cuentas que han venido los ucranianos a España?

   -Como el Putin, desde el aire, nos suelte una peladilla atómica se va a enterar Pedro Sánchez, que tanto lo celebra por los jardines de la Alhambra.

   -¡Hombre, no seas agorero! Con esas peladillas, ni el incendio de la Sala nocturna de Murcia, ni el terremoto de Lorca, ni, si me apuras, el volcán canario o la epidemia que sufrimos tienen importancia.

Os cuento una historia de   Empieza el Curso tras las vacaciones: ¿Pasamos lista? Si alguien ha cambiado de domicilio o no quiere seguir que lo comunique. Gracias. ¿El verano bien? Me alegro. Por aquí bien.

   Comencemos con una historia que escribi en la primera década de mis hijos, allá por los años setenta del siglo pasado:

   GIRONELLA

   21 NOVBRE 1977: Anoche conocí a Gironella. En el programa de TV “A fondo” conocí a José María Gironella. ¿Era como esperaba? No. Yo creía que era más joven, más locuaz, más enérgico.  Me encontré con un Gironella demasiado maduro, algo apagado y bastante tímido.

   Pero debo confesar que a lo largo del programa, el nuevo Gironella me fue ganando: viajero, católico, humano… sobre todo, humano. Era el hombre que busca hacer el bien sin concesiones; que había vivido mucho, que había sufrido mucho, que había viajado muchísimo y que había escrito muchísimo también.

   Gironella es un autor consagrado. Su firma se conoce, se busca, se cotiza. Es famoso en el mundo de las letras. Escribió libros pronto. Con la Guerra Civil, escribió “Los cipreses creen en Dios”, “Un millón de muertos”, “Ha estallado la paz”, y otros. Toda una consagración a la pluma.

   Ahora ha publicado “Los escándalos de Jerusalén” sobre su estancia en Tierra Santa. Confiesa que ha encontrado lo que buscaba mucho tiempo: la seguridad de que hay otra vida espiritual;  que la ha palpado, que la ha visto.

   Gironella es un narrador de hechos que conoce.  Hoy he visto un libro suyo que recoge la opinión de más de tres mil personas sobre un tema. Creo que es fácil componer un libro de este tipo. Solo hay que buscar un tema interesante, apasionante, y rogar a miles de personas que hablen de él.

   Gironella tiene un libro así sobre las religiones. Sobre Jerusalén ha escrito otro ahora, que tiene que haberle costado poco: una estancia de cinco meses, preguntas aquí y allá y formar su libro. Yo pienso que escribir es otra cosa. Que escribir es inventar, imaginar, decir cosas nuevas.

    El gran escritor es Cervantes, que crea personajes y les hace crecer, pensar, decir y morir. El verdadero escritor es quien hace un libro estrujándose los sesos, como se exprime el jugo de un limón, y obtiene los seres que crea y los hechos que describe, buenos o malos, grandes o pequeños, pero suyos.

   Quiero decir que yo puedo escribir ese libro de preguntas y respuestas, como escribirlo otro; pero lo que yo dijera mío, bueno o malo, sería imposible que otro lo dijera. Solo debería considerarse literatura pura a este tipo de engendros mentales que nacen de uno mismo.

   A los otros que copian de la vida, que escriben sobre hechos que se dan fuera, a lo más se les podrá llamar escribidores, artesanos de la palara escrita, pero el mérito del verdadero artista creador es solo de los otros.

   Entonces, Gironella para mí es un hombre afortunado, que viaja mucho, que escribe libros, que vende libros. Un hombre famoso. Pero no pasa de ahí. Gironella no es el escritor puro, el genio, el que crea. Es solo un trabajador. Ahí puede estar la diferencia. El trabajador no crea, el verdadero artista, crea.

   El trabajador es prolífico; solo tiene que dedicar horas a la máquina, horas a su trabajo como otro obrero o jornalero. El artista es menos prolífico, su obra es más costosa, más entrañable, más trabajosa. El artista está por encima del trabajador a destajo de la pluma.

   A muchos se les mete en la cabeza la idea de que el mundo es malo, creen que las personas van contra ellos, que los quieren mal, les desean el mal, y psicológicamente se defienden contra ellos evitando su trato o tramando algo que antes o después redunde en perjuicio.

   Creo que es una postura que se lleva hoy. Los jóvenes y los mayores se miran como enemigos. Apenas se hablan; se evitan. Dos mundos que se miran por encima del hombro, o se injurian cuando pueden. En España hoy ha de añadirse la situación nueva que se ha creado tras la muerte de Franco.

   Cambio social, partidos políticos, democracia, aperturismo, libertades… cada cual recela de los otros. Vivimos en una confusión tan grande que nadie es libre de decir nada por si ofende, por si dicen, por si lo  tachan de tal o cual. Hoy no somos libres, por más que se diga lo contrario,

   Libre es el que dice o hace sin miedo, sin preocupaciones a represalias, sin temor a nada. ¿Quién es libre hoy? Vivimos con miedo y el miedo nos esclaviza. El hombre que tiene miedo no es libre. Hoy todos tenemos miedo. Algo flota en el ambiente que nos hace sentir temor o pánico.

   Miedo al despido, miedo al atentado, al secuestro. Tenemos miedo y, es curioso: seguimos siendo los mismos. En el fondo, somos buenos. Vamos a hacer la prueba, ¿quieres? Sal a la calle dispuesto a conocer a las personas, a esas personas que evitas, que juzgas como antagónicas.

   Sal a su encuentro, sin vacilaciones, alegre, habla con ellos, uno por uno, con cualquier pretexto, comprobarás que es amable y educado, correcto, que tiene sus problemas por resolver, igual que tú, que tiene familia, que tiene hijos, que lucha por llevar alegría a los suyos, como tú.

   Darás con una persona distinta a la que llevabas en tu imaginación. Si los ves uno por uno, si los tratas, aquellos que esperabas ogros, son amigos que te abren los brazos o que agradecen tu amistad. Así somos todos, temiéndonos unos a otros. Y, lo más seguro, solo en nuestra imaginación nos sentimos enemigos.

   Francisco Amós, Pascual Jesús, Ángel Inocencio, Miguel y Lina: cuando seáis mayores, recordad esto: no penséis que los demás son malos. Pensad mejor que son buenos, humanos, y obrad con ellos como con personas intachables.

   No os pase por la cabeza que nadie busca vuestro mal. Tratadlos como amigos que os quieren. Comprobaréis que, en realidad, son buenos que buscan vuestro bien, que os quieren de verdad.

                                                                                                                                              Francisco Tomás Ortuño

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