Solo te pido que me bajes una estrella azul.

8 Noviembre 2023 ; San Simproniano

   Murcia, miércoles, las ocho y media, en mi rincón. Sin novedad.  “Apresúrate, despacio”. Sigo con mi viaje a Galicia y termino, palabra llana. Iba por el Monasterio de las Huelgas, Burgos, fundado por Alfonso VIII, el padre de Alfonso X llamado “el Sabio”.

   A las cuatro y media de la tarde, después de comer opíparamente en un Restaurante de las afueras, seguimos vía Madrid. De Burgos a Madrid, si te fijas, la autovía es vertical. Así que cruzamos Castilla de arriba abajo. Cerca de Madrid, hay desvío “on the right”, que nos lleva a nuestro próximo destino, que es Guadalajara.

   Mamá ha quedado encantada con la Cartuja de Miraflores. Con un librico que compramos en la entrada, la hemos recorrido poco a poco leyendo como con guía. Paisaje castellano, casi manchego. Francis vuela con el coche. Espero que el vino con casera -una jarrita de vino fresco- que hemos tomado en la comida, no le haga ver dos  caminos.

   ¡Cuánto trigo siembran por aquí! Todo son bancales enormes segados. Madrid 185 km. Francis adelanta, uno tras otro, a todos los coches de la autopista. A este paso, en una hora llegamos. El hotel dice mamá que era Residencia de chicas; yo digo que había chicos en el hotel.

   ¡Pero qué frío en Burgos! Yo no había pasado más frío en mi vida. Será que llevo ropa de verano. Francis se acostó vestido. Y no será porque llovía: desde que salimos, cielo más azul no he visto. Es que ni una nube. Noticias de las 5: “La edad penal del menor será de 12 años, en lugar de 16 como hasta ahora”.

   A la derecha: Peñaranda de Duero. Empieza la fiesta del balón con la nueva Liga. Mamá dormita detrás de mí, la veo por el retrovisor. Mientras que Lina, con el mapa de carreteras, le dice a Francis donde está el desvío hacia Guadalajara.

   A Torrelavega, 4 km. A Guadalajara, 50 km. Lina nos conduce con el mapa, Francis con el coche. El paisaje ha cambiado a peor. ¡Ya no es la autovía, vamos! Cruzamos el río Jarama, echamos 3000 pesetas de gasoil, cerca ya de Guadalajara.

   6:30 h de la tarde. Mamá lleva tal estado de ánimo, que nos pregunta si hay “movida” en Guadalajara. “Pues si no hay “movida”, seguimos a Cuenca”. Veremos cómo es Guadalajara y seguimos o nos quedamos. Pueblo bello el que cruzamos. Se llama Ciudad Jardín. Debe de ser una urbanización.

   Un oasis verde en el secarral amarillo que lo circunda. Guadalajara al fondo, después de mil curvas por carretera de tercera categoría. La vía del tren con guardabarreras nos detiene. Pasa el Talgo. A la derecha, zona militar.

   Río Henares, Palacio del Infantado, con fachada de cabezas de clavos. Parece el Palacio de Carlos V de Madrid, o de las Conchas, de Salamanca. Los guadalajareños -hasta hace poco alcarrianos- me informan que pueden estar orgullosos de su bello monumento. La Iglesia es concatedral con Sigüenza y se llama la Virgen de la Antigua, que es la patrona de la ciudad.

   Guadalajara es un pueblo tranquilo, lejos de ser una ciudad grande como corresponde a su categoría de ser capital de provincia. Salimos a las ocho y cuarto. Cruzamos la Serranía de Cuenca, con mil curvas, túneles, cuestas, toboganes y lo que quieras añadir, hasta llegar a Sacedón, donde paramos a merendar.

   Muchos coches parados y gente gritando en una plaza de toros. La radio sigue dando resultados de los partidos. Decidimos parar a merendar frente a la plaza de toros, en un bonito merendero. Francis y yo entramos a la plaza de toros. La gente grita entusiasmada.

   Son jóvenes delante de un toro, como los “Encierros “en Pamplona. Gritos en las tendidos, llenos de mujeres, de hombres y niños. De pronto gritos de espanto: un niño como de 12 años, es arrastrado por la multitud. La ambulancia llega enseguida con su pito característico y desaparece hacia Guadalajara con el niño y varios familiares dentro.

   La fiesta continúa y nosotros merendamos enfrente con ruidos de sirenas y gritos de sustos a mansalva. El camino hacia Cuenca es de noche. Menos curvas, pero curvas aún. Llegamos sobre las diez. Hotel y visita ciudad. Cuenca nos encanta.

   La visita el lunes, dura horas. Vemos las casas colgantes, la Catedral -cerrada- con fotos y tomas de video,  compras por la ciudad… Y ahora, 17,30 h. vamos a la “Ciudad Encantada, a 35 km al norte. Todo el camino es precioso. El río nos acompaña.

   Cuenca es una maravilla natural: todo lo pone la naturaleza. Paramos en “El ventano del diablo”. Paramos: vistas impresionantes, cerámicas… A Francis le prohibimos mirar el paisaje: la subida es morrocotuda. Ahora bajamos. La Ciudad Encantada de Cuenca es única en su género. Se ríe de la isla de Pascua y similares.

   Con programa de mano, la hemos recorrido piedra por piedra. Al final comimos en un restaurante allí mismo, a 1200 metros sobre el nivel del mar o algo así. Ahora son las cuatro y cuarto: hemos vuelto a Cuenca y hemos salido camino de Albacete.

   La Almarcha,  47 km. En Almarcha cogemos la autovía hacia Albacete. Cielo sin nubes, calor. Mota del Cuervo, 85 km., río Júcar, campos de girasoles, Albacete, 20, Murcia 170, las 5:40 h., a 140 km por hora.  Somnolencia detrás. Campos de la Mancha típical, máquinas grandes por algunos campos…

   Pasamos a un autobús -ENATZAR- que va a Valencia. Pueblo grande enfrente en un océano amarillo de trigo segado. Nos desviamos para Albacete. Ahora vamos hacia allí. Francis pone música: “Solo te pido que me bajes una estrella azul… “.

   Murcia, Valencia, Alicante. Sí, Albacete queda a la derecha. Tobarra. Por fin campos de viñas. Estas son tierras como la nuestra de Jumilla. Más viñas, almendros y olivos. 7, 10: pasamos por Cancarix. Ya Murcia a un tiro de piedra. Jumilla lo dejamos a la izquierda.

   Mamá le explica a Lina el árbol genealógico de su prima Isabel de La Coruña, y le propone a Francis hacer otro viaje a Barcelona a visitar a otro familiar. Mamá es así: o nada de viajes o lanzada. Este viaje le ha gustado. Cieza a la vista. Las siete y veinte, sol alto todavía.

   A Murcia 49 km. A Murcia 9 km. Y, por fin, llegamos a Murcia a las ocho de la tarde, todos felices. Fin del viaje.

                                                                                                                                               

Francisco Tomás Ortuño.


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